La majestuosidad paisajística que cautiva a millones de personas al contemplar la medialuna perfecta que une las islas de Monteagudo y Faro responde a un complejo y delicado sistema geológico y ecológico cuya estabilidad depende de un balance milimétrico entre el mar, el viento y la vegetación costera. Detrás de la conocida orilla abierta a la ría, el entorno natural de playa de Rodas resguarda una laguna de aguas someras conocida como Lago dos Nenos y un sistema de dunas móviles y semifijas que actúa como una auténtica muralla viva frente a los embates de los temporales invernales, conformando uno de los hábitats de mayor singularidad científica y valor de conservación del continente europeo.
El complejo dunar se organiza en bandas paralelas a la línea de costa, comenzando por el cordón litoral embrionario donde las condiciones de salinidad extrema, viento constante y movilidad del sustrato impiden la vida a la inmensa mayoría de las especies vegetales. Es en esta primera línea donde intervienen plantas pioneras altamente especializadas, como el barrón, la oruga de mar y el cardo marítimo, cuyas raíces profundas y sistemas de rizomas subterráneos tejen una tupida red capaz de atrapar los granos de arena arrastrados por las brisas atlánticas, permitiendo que la duna gane volumen y altura de forma progresiva. Si la vegetación pionera sufre el pisoteo repetido de los transeúntes, la red radicular colapsa, el viento barre la arena suelta y el cordón defensivo se desmorona en cuestión de meses, dejando desprotegida la laguna interior.
Por este motivo crítico de conservación ecológica, la dirección del parque nacional ha habilitado pasarelas de madera elevadas que canalizan el flujo de personas desde los puntos de desembarque hacia las zonas de baño y los miradores altos. Caminar exclusivamente por estas plataformas no es una simple norma administrativa de cortesía, sino una medida biológica imprescindible para evitar la compactación del terreno arenoso y asegurar la supervivencia de endemismos botánicos sumamente frágiles, como la camariña, un arbusto costero en peligro de extinción que produce pequeñas bayas blancas ácidas y que encuentra en los arenales de Cíes uno de sus últimos refugios consolidados en la península ibérica.
Hacia el interior del arco arenoso se extiende la laguna de Os Nenos, un humedal salobre comunicado periódicamente con el océano abierto a través de los arcos del puente de piedra tradicional y las compuertas naturales de marea. Este remanso de aguas templadas y poco profundas funciona como una guardería marina de incalculable valor, donde larvas y alevines de lubinas, doradas, chocos y mújoles encuentran alimento abundante y refugio seguro frente a los grandes depredadores del canal exterior, completando sus primeras etapas de desarrollo biológico antes de retornar a las aguas abiertas de la ría.
La riqueza trófica del sistema lagunar y dunar convierte a este rincón en un enclave estratégico para las rutas migratorias de miles de aves marinas y limícolas que viajan anualmente entre el norte de Europa y las costas africanas. Especies como el correlimos común, el chorlitejo patinegro y la garceta común frecuentan los limos descubiertos durante la marea baja para alimentarse de pequeños poliquetos e invertebrados, mientras las colonias reproductoras de gaviota patiamarilla y cormorán moñudo vigilan las aguas desde los acantilados occidentales adyacentes, confirmando la necesidad de mantener un comportamiento silencioso y respetuoso durante la visita para no alterar los ciclos de descanso y cría de una fauna irremplazable.