14 octubre, 2026

Cómo disfrutar de una excursión inolvidable a las Islas Cíes

Quien crea que el paraíso queda a doce horas de vuelo no ha intentado una excursion a las islas cies en pleno verano, con el Atlántico chispeando al sol y el rumor de los ferris afinando motores en el puerto de Vigo. El itinerario perfecto empieza antes de pisar la pasarela de embarque: aquí los caprichos del mar y la burocracia se dan la mano, porque el archipiélago forma parte del Parque Nacional Marítimo-Terrestre das Illas Atlánticas y hay cupos diarios. En temporada alta y puentes, toca pedir autorización previa en la web de la Xunta; llega por correo con un código que caduca en poco tiempo y que luego hay que usar al comprar el billete con la naviera. Para quien reserve plaza en el cámping, el justificante suele servir como permiso. Detalle menor, dirá quien aún no ha visto una taquilla agotada a las 10:17 de un sábado. Mejor madrugar con el clic.

El mapa del embarque es claro: Vigo lidera las salidas, pero Cangas y Baiona se apuntan a la fiesta cuando el calendario está dulce. La travesía dura unos 40 minutos, lo justo para pensar si llevas lo que importa de verdad: protector solar sin mezquindades, chubasquero ligero por si el alisio se viene arriba, agua, algo de comida y unas zapatillas con las que no llorar en la primera cuesta al faro. La cubierta es el lugar de los románticos, de los fotógrafos y de quienes creen que el pelo desordenado es una medalla al mérito turístico; dentro, los prudentes. Ambos llegarán al mismo sitio, pero uno con más historias que peinar.

Cuando la pasarela cae sobre Rodas, el famoso istmo de arena que unió Monteagudo y do Faro —esa curva de azúcar glaciar coronada en su día por un diario británico como “la mejor playa del mundo”—, la primera tentación es plantar toalla y olvidar el reloj. Error táctico si quieres sacarle jugo al día. La isla se recorre a pie por senderos señalizados y conviene decidir un plan antes de que las gaviotas empiecen a negociar tu bocadillo. Tres caminatas claman por tus piernas: la de Monte Faro, que trepa en zigzag hasta el faro principal con panorámica de calendario y la laguna de los Nenos brillando a la izquierda; la subida al Alto do Príncipe, con su balcón pétreo —la famosa “silla” que mira al océano—; y el faro da Porta, un paseo amable con olor a salitre continuo. No hay coches, no hay prisas, sí hay alguna cuesta que cobra su tributo de sudor. A cambio, una postal tras otra.

Sobre la arena, la variedad requiere criterio. Rodas es la estrella, pero no la única. Figueiras, al norte, es más recogida y de tradición nudista, un rincón donde el Atlántico mima la paciencia de quien entra con los pies valientes, porque el agua no presume de tropical. Nosa Señora, mirando a San Martiño, ofrece ese azul con matiz de vidrio soplado que pide silencio y mirada fija. La temperatura es fresca incluso en agosto, agradecida para quien viene de asfalto; un baño rápido te resetea la biografía, dos te convierten en adicto.

La intendencia marca la frontera entre el día redondo y el “teníamos que haber pensado”. En el parque no se permite encender fuego, las papeleras escasean y las normas piden llevarte la basura de vuelta, como quien empaqueta un recuerdo menos glamuroso pero igual de obligatorio. No se admiten mascotas, los drones están prohibidos y los senderos se respetan, en especial durante la cría de gaviotas y cormoranes. La risa floja de alimentar aves se convierte pronto en drama cuando el ave, con posgrado en logística, decide catar tu empanada y te deja sin comida y sin dignidad. Lo sensato: picnic sobrio y bien cerrado, o mesa en los establecimientos cercanos al muelle, donde el menú sabe a mar y el precio recuerda que estás en una isla con abastecimiento limitado.

El reloj importa más de lo que parece. Los barcos de vuelta no esperan héroes y el último día es una frontera invisible que se cruza sólo con dorsal de corredor o reserva de cámping. Quien llega en el primer ferry esquiva aglomeraciones y camina con sombra más generosa; quien apura hasta el final saborea una luz de cine sobre Rodas, pero conviene contar con margen para bajar del faro sin trote. La meteorología dicta humor y encuadres: el sol gallego pasa de tímido a insolente en media hora, el viento puede erizar las olas sin previo aviso y una niebla teatral convierte la subida al faro en aventura. Ese es el encanto: no hay filtro que mejore lo que ya ofrece el aire.

La letra pequeña emociona al naturalista y educa al despistado. La laguna pegada a Rodas late con marea y se puebla de alevines; las dunas que la protegen no son tarima para fotos sino muralla viva contra el oleaje. El canto de las aves no es banda sonora a la carta; es el recordatorio de que estás en su casa. La sal tenue del viento y el olor resinoso del pinar forman un binomio que engancha. Si la caminata al faro te parece larga, recuerda que vas sin mochila de reuniones. Si te sabe a poco, el perfil de las Cíes desde el mirador del Alto do Príncipe explica por qué media Europa suspira por este trozo de granito y espuma.

Hay un plus que a veces se olvida: la noche. El sello Starlight hace justicia a un cielo donde las constelaciones recuperan nombre y la Vía Láctea deja de ser metáfora para hacerse raya brillante. Quien reserva tienda y estira la visita descubre un silencio de madera, una penumbra que invita a susurros y un café matutino que sabe a privilegio. La disciplina del campamento es clara y el descanso, profundo; a cambio, el amanecer sobre Rodas te pone en la retina una escena que los lunes en la oficina no podrán borrar.

De vuelta a tierra firme, la crónica pide epílogo gastronómico. En el casco vigués, en Cangas o Baiona, el pulpo, las xoubas, una ración de navajas o una empanada te reconcilian con la vida urbana. Si te queda tiempo, un paseo por el Casco Vello o por la Alameda de Baiona sirve de coda civilizada a un día de naturaleza. El taxista, el camarero y la señora que dobla redes en el puerto tendrán anécdotas sobre mareas vivas, temporales y veranos infinitos; Galicia siempre habla a través de su gente.

Volverás con arena en la mochila, una disciplina nueva para la crema solar y la sospecha de que la felicidad cabe en una travesía corta y un par de senderos bien elegidos. La foto frente a Rodas se llevará los “me gusta”, pero lo que engancha, en realidad, es esa mezcla de orden y vértigo amable que solo dan las islas que han decidido seguir siendo naturaleza antes que parque temático. Aquí el lujo no se grita; se camina, se respira y, cuando es hora, se embarca de regreso con el tipo de cansancio que mejora el humor y afina la memoria.