Dar el paso de ir al psicólogo Vigo nunca responde a un único detonante; suele ser, más bien, la suma silenciosa de muchas semanas en las que el ruido de la cabeza se vuelve más pesado que la rutina. Durante bastante tiempo me convencí de que podía gestionarlo solo, que bastaba con mantener la mente ocupada, salir a caminar o esperar a que la marea bajara por su cuenta. Sin embargo, llega un momento en que uno comprende que pedir ayuda no es un signo de flaqueza, sino un acto elemental de lucidez. Decidir buscar un profesional aquí, en mi propia ciudad, fue el inicio de un cambio que hoy agradezco profundamente.
El trayecto hacia la consulta, en pleno centro de Vigo, se convirtió pronto en un preámbulo necesario. Subir esas calles empinadas, cruzarme con el ritmo apresurado de la gente y sentir el aire fresco que sube desde el puerto me servía para desacelerar el pulso antes de llamar al timbre. Entrar en la sala de espera siempre impone un silencio particular, ese breve instante en el que dejas atrás las urgencias del exterior y te preparas para mirar hacia dentro sin las máscaras que solemos llevar en el trabajo o con la familia.
Las primeras sesiones no fueron sencillas. Cuesta poner palabras exactas a sensaciones difusas, desenredar nudos que llevan años apretados y admitir contradicciones que uno preferiría ignorar. Pero la consulta se reveló desde el primer día como un espacio seguro, libre de juicios y consejos fáciles. Mi terapeuta no estaba allí para darme recetas mágicas ni palmadas condescendientes en la espalda, sino para hacerme las preguntas incómodas que yo esquivaba, para ayudarme a trazar conexiones y para enseñarme a mirar mis propios pensamientos con cierta distancia crítica.
Con el paso de los meses, la terapia dejó de ser un salvavidas de emergencia para convertirse en un hábito de cuidado continuo. Aprendí a identificar los patrones que me desgastaban, a poner límites sin sentir culpa y a entender que la exigencia desmedida a menudo solo esconde miedo a perder el control. No se trataba de cambiar quién soy, sino de aprender a convivir con mis luces y sombras con mayor compasión y firmeza.
El momento que más valoro de todo el proceso sigue siendo la salida. Bajar el portal tras una hora de conversación intensa deja una sensación física parecida a la que queda en los músculos tras una caminata exigente: un cansancio sereno, pero con el pecho mucho más despejado. Caminar después hacia la ría, apoyarme en la barandilla a contemplar el agua y dejar que las ideas reposen con la brisa marina tiene un poder balsámico. Hacer terapia en Vigo ha sido, en el fondo, reconciliarme con mi propio ritmo, aprendiendo que cuidar la salud mental es el terreno más sólido sobre el que sostener todo lo demás.