La adolescencia de mi sobrino llegó como una de esas nieblas densas que a veces cubren la ría de Pontevedra. De repente, el niño risueño y hablador que conocía se fue replegando en sí mismo, construyendo un muro de silencio y apatía que a todos nos costaba escalar. Sus padres, mis queridos amigos y cuñados, lo intentaban todo, pero chocaban una y otra vez contra esa fortaleza invisible. Fue en una de esas tardes grises, mientras paseábamos por la Alameda, cuando vi la profundidad de su tristeza, una sombra en sus ojos que no se correspondía con sus dieciséis años.
Fue entonces cuando me atreví a pronunciar la palabra en voz alta: psicólogo. Al principio, la idea fue recibida con cierto recelo, como si admitir que necesitábamos ayuda externa fuese un fracaso. Pero el amor por él era más fuerte que cualquier prejuicio. Les hablé de que no se trataba de buscar culpas, sino de encontrar herramientas, de ofrecerle un espacio seguro y neutral donde pudiera desahogarse sin miedo a ser juzgado.
Comencé la búsqueda, buceando en internet y preguntando con discreción. Encontré más de un psicólogo adolescentes Pontevedra. Me reconfortó ver que había profesionales dedicados a esta etapa tan convulsa de la vida. Finalmente, tras leer varias reseñas y hablar por teléfono con un par de ellos, nos decidimos por una psicóloga cuyo enfoque nos pareció cercano y respetuoso.
La primera vez que lo acompañé, el corazón me latía con una mezcla de esperanza y nerviosismo. Mientras esperábamos en la pequeña y acogedora sala de espera, cerca de la Peregrina, repasaba mentalmente si estábamos haciendo lo correcto. Pero cuando la puerta se abrió y la psicóloga nos recibió con una sonrisa amable, sentí una oleada de alivio. Mi sobrino entró solo a la consulta, y en esa hora que estuve esperando, imaginé mil escenarios.
Al salir, no hubo una transformación milagrosa, pero vi en su rostro una calma que hacía tiempo que no le veía. No hablamos mucho en el camino de vuelta a casa, pero en el coche, rompió el silencio para decir un escueto «gracias». En ese momento, supe que habíamos encendido un pequeño faro en medio de su niebla. El camino es largo, lo sabemos, pero ahora ya no caminamos a oscuras.